Por Ezequiel Sosa Santiago de los Caballeros, RD.— Hay momentos en la vida en que hasta la Luna necesita recordar que no produce su propia luz. Brilla porque recibe la iluminación de otro astro y, cuando esa fuente desaparece, queda expuesta a una realidad que muchos se niegan a reconocer: nadie es eterno en el poder, nadie es imprescindible y ninguna posición garantiza una victoria permanente. Lo curioso es que existen personas que, después de disfrutar durante un tiempo de los privilegios del poder, terminan convencidas de que viven en el planeta Luna. Caminan como si fueran intocables, hablan como si fueran dueños del universo y toman cada crítica como una conspiración de quienes, según ellos, simplemente no han entendido su grandeza. Pero llega el día en que la Luna comienza a apagarse. Y entonces aparece el verdadero espectáculo. Cuando la realidad empieza a demostrar que el poder también tiene fecha de vencimiento, algunos prefieren no aceptar la derrota. Antes muertos que reconocer que perdieron. Antes buscar una explicación imposible que admitir que las circunstancias cambiaron. Es ahí cuando comienza la búsqueda desesperada de luz y sombra. Luz para intentar aparentar que todavía existe brillo. Sombra para esconder que ese brillo ya no es el mismo. Y, como suele ocurrir cuando faltan argumentos, aparecen los aliados circunstanciales, los discursos cuidadosamente preparados y hasta quienes descubren de repente que siempre fueron amigos, defensores y admiradores del supuesto “todopoderoso”. ¡Qué interesante es la política del poder! Mientras hay luz, todos quieren fotografiarse bajo el sol. Pero cuando llega el eclipse, algunos comienzan a buscar rápidamente una sombrilla, un paraguas y hasta un rincón donde nadie pueda notar que se quedaron sin iluminación. El problema no es perder. El verdadero problema es no saber perder. Porque una derrota bien administrada puede convertirse en una oportunidad para corregir errores, aprender y regresar con mayor fortaleza. Pero cuando alguien se niega a aceptar la realidad, termina convirtiendo una derrota normal en un espectáculo innecesario de justificaciones, acusaciones y maniobras para intentar demostrar que todavía tiene el control. Y aquí aparece otro detalle bastante curioso: quienes durante su época de esplendor criticaban a todo aquel que buscaba apoyo, cuando sienten que la Luna comienza a perder su brillo se convierten en especialistas en buscar precisamente eso que antes cuestionaban. Buscan luz. Buscan sombra. Buscan manos amigas. Buscan plataformas. Buscan voces que repitan su versión. Y, si es necesario, hasta buscan un nuevo “panorama” donde puedan convencer a otros —y quizás convencerse ellos mismos— de que todavía están viviendo el mismo momento de gloria. Pero el calendario no se puede sobornar. El tiempo coloca a cada persona en su verdadero lugar. El poder pasa. Los cargos pasan. Las posiciones pasan. Las alianzas cambian. Y hasta quienes ayer parecían intocables pueden descubrir mañana que ya no tienen la misma capacidad de decisión. Por eso, cuando la Luna se apaga, no hay necesidad de insultarla ni de celebrar su oscuridad. Basta con observar el fenómeno y entender la lección: ningún brillo prestado puede convertirse eternamente en propiedad personal. A quienes todavía creen vivir en el planeta Luna habría que recordarles, con una sonrisa y un poquito de sarcasmo, que la Tierra continúa girando aunque ellos hayan perdido el control del telescopio. Y a quienes ahora buscan luz y sombra para ocultar que fueron vencidos, quizás les convenga recordar algo mucho más sencillo: Aceptar una derrota no disminuye a nadie. Lo que realmente empequeñece es hacer todo lo posible para que nadie descubra que se perdió. Porque al final, cuando el panorama cambia, las sombras desaparecen y la luz vuelve a colocarse en su lugar, queda solamente una pregunta: ¿Quién realmente tenía poder y quién simplemente estaba disfrutando del reflejo? La historia siempre termina respondiendo. Navegación de entradas ¿Democracia o jugar con fuego?