Por: Asiaraf Serulle

La tecnología no es el problema. El problema es cómo la estamos usando.

Hoy cualquiera tiene un celular, y eso nos da la capacidad de informar en segundos. Pero también nos enfrenta a una decisión: ¿ayudar o grabar?

Nos hemos ido acostumbrando a buscar el momento para subirlo primero, para que se haga viral, para conseguir “views” y “likes”. Y en ese proceso, hemos ido perdiendo algo fundamental: la sensibilidad por la vida humana.
Una persona herida no necesita una cámara. Necesita ayuda. Una familia no necesita ver el dolor de su ser querido en redes. Necesita respeto.

No se trata de señalar a nadie, sino de reflexionar como sociedad. Porque cualquiera puede estar en esa situación, necesitando que alguien actúe rápido.

Hoy la realidad es clara: la mayoría de las personas no sabe qué hacer ante una emergencia. Existen algunas iniciativas, sí. Hay instituciones educativas que se acercan a la Defensa Civil y reciben orientaciones. Pero eso no es suficiente. Son esfuerzos aislados que no alcanzan a toda la población.

Y mientras tanto, seguimos llegando primero con el celular, pero no con la ayuda.
Nuestra Constitución reconoce el derecho a la dignidad, al honor y a la intimidad personal. Además, la Ley 192-19 protege la imagen y la memoria de personas accidentadas o fallecidas, y permite accionar legalmente cuando se difunden contenidos que vulneran su dignidad o la de sus familias.

A esto se suman disposiciones del Código Penal y leyes sobre delitos tecnológicos y protección de datos, que pueden implicar sanciones, incluyendo multas y hasta penas de prisión, cuando se difunden imágenes sin consentimiento o se vulnera la vida privada.

Es decir, no solo es un tema moral. También es un tema legal.
Sin embargo, la realidad nos demuestra que eso no ha sido suficiente. La facilidad con la que se graban y difunden imágenes de personas en estado de vulnerabilidad nos obliga a dar un paso más como sociedad.

No se trata de limitar libertades ni de impedir que las personas informen. Se trata de encontrar un equilibrio entre ese derecho y el respeto a la vida, la dignidad humana y la responsabilidad social.

Como sociedad, debemos avanzar hacia una cultura donde, ante una emergencia, lo primero sea ayudar dentro de nuestras posibilidades; donde se respete la imagen y el dolor de quien está en una situación vulnerable; y donde cada ciudadano tenga al menos conocimientos básicos de primeros auxilios para poder actuar cuando más se necesita.

Esto implica educar, orientar y también establecer reglas claras que promuevan el respeto, la solidaridad y la acción responsable, sin caer en excesos ni prohibiciones innecesarias.

Es momento de asumir un compromiso como país: educarnos para actuar, no solo para observar. Que en nuestros centros tanto educativos, laborales y clubes sociales, se enseñen primeros auxilios como parte de la formación ciudadana; que en nuestras comunidades se promueva una cultura de ayuda y respeto; y que como sociedad entendamos que la dignidad de una persona no se negocia por un “like”. También debemos avanzar hacia normas más claras que protejan a las víctimas y fomenten la responsabilidad ciudadana, sin limitar libertades, pero dejando establecido que la vida siempre va primero. Porque al final, no se trata solo de leyes, sino de valores: de elegir ser humanos antes que espectadores.

La verdadera grandeza de una sociedad no se mide por lo que publica, sino por lo que hace cuando alguien necesita ayuda.
Cuando te toque estar frente a una situación así, hazte una sola pregunta: ¿voy a grabar o voy a ayudar?

Todavía estamos a tiempo de cambiar.

Ramon Bierd

Por Ramon Bierd

Ramón Bierd, periodista, locutor, productor de tv

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