Por Ezequiel Sosa Santiago, República Dominicana. -En la política existen historias inspiradoras de hombres y mujeres que, gracias al respaldo de grandes líderes, han alcanzado importantes posiciones dentro del tren gubernamental. Sin embargo, también existen casos que invitan a la reflexión: aquellos que, una vez llegan al poder, parecen olvidar sus raíces, su gente y los valores que los llevaron hasta allí. Es común escuchar la expresión de que algunos viven «bajo la sombra del poder», protegidos por la influencia de un líder político que creyó en ellos y les abrió las puertas de importantes responsabilidades públicas. No obstante, con el paso del tiempo, algunos cambian su forma de actuar, dejan de caminar entre la gente, se alejan de los barrios y comunidades donde comenzaron su trayectoria y sustituyen la humildad por la arrogancia. Popularmente se dice que «hasta el color de la sangre les cambia, de roja a azul», una frase coloquial que simboliza cómo ciertos funcionarios se transforman al ocupar un cargo, olvidando a quienes les tendieron la mano cuando más lo necesitaban y actuando como si el poder fuera eterno. La historia política, tanto en la República Dominicana como en el mundo, demuestra una realidad innegable: los cargos públicos son pasajeros. Todos tienen fecha de inicio y también fecha de vencimiento. Ninguna posición es permanente, y el verdadero legado no lo construye el puesto que se ocupa, sino la calidad humana, la gratitud y el servicio ofrecido durante el tiempo en que se ejerce. El poder debe ser entendido como una oportunidad para servir y no como un privilegio para sentirse superior. Quienes hoy ocupan oficinas, despachos y posiciones de influencia deben recordar que mañana podrían volver a caminar las mismas calles donde iniciaron su recorrido político. En ese momento, el respeto de la ciudadanía dependerá de la humildad y del trato que sembraron durante su gestión. Los grandes líderes no se distinguen por la altura del cargo que ocupan, sino por la capacidad de mantener los pies sobre la tierra, escuchar a su pueblo y recordar siempre de dónde vienen. La sencillez, la lealtad y la gratitud son virtudes que ningún decreto ni nombramiento pueden reemplazar. Porque el poder pasa, los cargos terminan y las administraciones cambian. Lo único que permanece es el nombre, la reputación y el recuerdo que cada servidor público deja en la memoria de su pueblo. Navegación de entradas José Fabián Rosario: el prestigio de una vida no se mancha con la difamación