Por Ramón Bierd (Chayanne)

La proliferación indiscriminada de partidos políticos en la República Dominicana ha desvirtuado por completo el verdadero sentido de la democracia. Lo que en teoría debería representar pluralidad de ideas, participación ciudadana y fortalecimiento institucional, en la práctica se ha convertido en un negocio altamente rentable para grupos y dirigentes que han descubierto en la política una vía fácil para negociar poder, privilegios y dinero.

Cada proceso electoral deja al descubierto la misma realidad: decenas de llamados “partidos emergentes” o “partidos pequeños” nacen sin estructura, sin militancia real, sin propuestas de nación y, en muchos casos, sin otra finalidad que obtener el reconocimiento de la Junta Central Electoral para luego convertirse en mercancía política al mejor postor.

Lejos de representar sectores sociales o corrientes ideológicas auténticas, muchos de estos movimientos funcionan como empresas electorales. Su principal objetivo no es construir democracia, sino negociar alianzas, vender apoyo político y asegurar cuotas de poder a cambio de respaldar al partido que las encuestas colocan con mayores posibilidades de triunfo.

Es una práctica que se ha normalizado peligrosamente. Los partidos grandes utilizan a esas organizaciones como satélites electorales, mientras los llamados “emergentes” sobreviven acostillados del presupuesto público, de las alianzas coyunturales y de los beneficios que reciben durante cada campaña. La ideología desaparece; lo único que prevalece es el interés económico y la conveniencia personal.

Pero además, resulta inconcebible que organizaciones reconocidas oficialmente por la Junta Central Electoral no sean capaces de presentarse solas ante el electorado para medir realmente su fuerza política. Todo partido o movimiento que haya sido validado por la máxima autoridad electoral debería concurrir de manera independiente a las elecciones municipales, congresuales y presidenciales, demostrando con votos reales el respaldo popular que dice tener, y no esconderse bajo la sombrilla del partido con mayores posibilidades de alcanzar el poder.

La democracia pierde transparencia cuando partidos que apenas tienen presencia social sobreviven únicamente gracias a alianzas oportunistas. Si una organización política no puede sostenerse por sí sola ante el voto popular, entonces queda en evidencia que su existencia responde más a intereses económicos y negociaciones de coyuntura que a un verdadero liderazgo nacional.

Y surge entonces una pregunta inevitable: ¿cuántos de esos partidos subsistirían si tuvieran que costear sus gastos con el respaldo genuino de su militancia y no con recursos provenientes del Estado? ¿Qué ocurriría si cada organización política tuviera que agenciarse sus propios fondos, sostener sus estructuras y financiar sus campañas sin depender del dinero que el gobierno distribuye a través de la Junta Central Electoral?
Probablemente desaparecerían decenas de partidos creados únicamente para vivir del presupuesto nacional. Quedarían únicamente aquellas organizaciones con verdadera base social, liderazgo auténtico y compromiso real con el país, porque cuando la política deja de ser rentable económicamente, también desaparecen muchos de los oportunistas que solo participan en ella para negociar beneficios personales.

El problema va mucho más allá del oportunismo político. Esta distorsión termina golpeando directamente la credibilidad del sistema democrático. El ciudadano observa cómo organizaciones que apenas obtienen respaldo popular terminan negociando posiciones, recursos y privilegios, mientras las verdaderas necesidades del pueblo quedan relegadas a un segundo plano.

La política dominicana no puede seguir secuestrada por estructuras creadas únicamente para lucrarse del sistema. La democracia pierde legitimidad cuando los partidos dejan de ser instrumentos de representación social y se convierten en simples franquicias electorales. Urge una revisión profunda del modelo de reconocimiento y financiamiento de las organizaciones políticas, para evitar que continúe creciendo esta industria del oportunismo disfrazada de pluralidad democrática.

Mientras sigan existiendo partidos sin pueblo, sin visión y sin compromiso con el país, la política continuará siendo vista no como un servicio a la nación, sino como el negocio más rentable de unos pocos…que son muchos.

Ramon Bierd

Por Ramon Bierd

Ramón Bierd, periodista, locutor, productor de tv

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