Por Melany Marmolejos Pérez

Desde nuestros primeros años de vida, aprendemos que obedecer es una virtud. Se nos enseña a respetar a nuestros mayores, acatar las reglas y seguir las instrucciones de quienes tienen autoridad sobre nosotros. Crecemos con la idea de que cuestionar una decisión puede ser una muestra de rebeldía, que contradecir a un superior es una falta de respeto y que, muchas veces, lo correcto es simplemente aceptar las cosas tal como son. Pero ¿en qué momento aprendimos a confundir el respeto con la obediencia absoluta?

La obediencia es necesaria para convivir, pero eso no significa que debamos aceptar todo sin cuestionarlo. Existe una diferencia fundamental entre respetar y obedecer: respetar implica reconocer la dignidad y los derechos de los demás, mientras que obedecer significa acatar una instrucción o norma. Podemos respetar a nuestros padres, educadores e instituciones sin asumir que sus decisiones son siempre correctas. Reconocer la autoridad de alguien no significa renunciar a nuestro derecho a cuestionarla.

Ninguna persona debería estar exenta de críticas por ocupar una posición de poder, ni deberíamos tener que guardar silencio para demostrar respeto. Cuestionar una decisión no nos convierte en irrespetuosos; por el contrario, puede ser una expresión de pensamiento crítico y responsabilidad. Como expresó Salvador Allende en su discurso ante los estudiantes de la Universidad de Guadalajara, en 1972: «Ser joven y no ser revolucionario es una contradicción hasta biológica».

Sin embargo, parece que hemos ido perdiendo precisamente esa capacidad de cuestionar. Nos hemos acostumbrado a señalar los problemas, expresar nuestras inconformidades en internet y quejarnos de las injusticias, pero no siempre estamos dispuestos a involucrarnos para cambiarlas. En ocasiones, asumimos que no hay nada que hacer cuando una figura de autoridad ha tomado una decisión, incluso si esta resulta poco ética o perjudicial. Así, poco a poco, terminamos aceptando como normal aquello que deberíamos estar cuestionando.

Pero ¿podemos responsabilizar únicamente a los jóvenes? Sería injusto ignorar el entorno en el que crecemos. Desde pequeños aprendemos a adaptarnos a estructuras que ya tienen sus propias reglas y jerarquías, sin preguntarnos necesariamente si todas tienen sentido. Y cuando alguien se atreve a hacerlo, su inconformidad suele interpretarse como inmadurez, rebeldía o falta de respeto. El mismo entorno que espera que los jóvenes construyan el futuro puede ser el primero en desanimarlos cuando intentan cambiar el presente.

Ahora bien, ser revolucionario tampoco significa oponerse a todo, promover el caos o irrespetar las normas básicas de convivencia. No se trata de destruir por destruir, sino de desarrollar la capacidad de pensar más allá de lo establecido, reconocer cuándo algo es injusto y proponer alternativas. Porque no todo lo que existe está mal, pero tampoco todo lo que ha existido durante generaciones está necesariamente bien. Una costumbre no se vuelve correcta por ser antigua, ni una forma de pensar deja de ser perjudicial simplemente porque la mayoría la haya normalizado. Ser revolucionario es comprender que las cosas pueden hacerse de otra manera, siempre que existan razones que justifiquen ese cambio.

El problema también está en cómo reaccionan quienes tienen el poder. Con frecuencia, los cuestionamientos de las nuevas generaciones se interpretan como una amenaza, un intento de descontrol o incluso como una conducta extremista. Se desacredita a quienes protestan, se ignoran sus exigencias y se confunde la inconformidad con la violencia. Pareciera que a algunos les afecta más ver un monumento derribado que reconocer las injusticias que llevaron a las personas a manifestarse. Sin embargo, cuestionar una decisión, exigir derechos y protestar pacíficamente no es terrorismo. Las autoridades también deben entender que mantener el orden no significa impedir que las cosas cambien.

Y si algo demuestra la historia es que los jóvenes no siempre han permanecido en silencio. En septiembre de 2025, en Nepal, miles de jóvenes de la Generación Z se movilizaron contra la corrupción, el nepotismo y las restricciones a las redes sociales. Sus protestas desencadenaron una crisis política que terminó con la renuncia del primer ministro. En Francia, durante 2026, las movilizaciones estudiantiles también han llegado a las calles de distintas ciudades, demostrando que las nuevas generaciones siguen teniendo motivos para exigir cambios.

Nuestra propia historia tampoco está exenta de estos ejemplos. Durante la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo, jóvenes dominicanos participaron en movimientos de resistencia que desafiaron un régimen que parecía imposible de derribar. El Movimiento Revolucionario 14 de Junio, liderado por Manolo Tavárez Justo, constituye uno de los ejemplos más significativos de aquella juventud que se negó a aceptar la represión como una realidad permanente. De igual manera, durante la lucha contra la dictadura de Fulgencio Batista en Cuba, el movimiento estudiantil tuvo una participación importante en los acontecimientos que condujeron a la Revolución de 1959. Estos episodios, aunque distintos en sus circunstancias, demuestran que los jóvenes también han sido protagonistas de la historia y no simples espectadores de ella.

No se trata de romantizar el sacrificio ni de pensar que todo cambio debe conseguirse mediante la violencia. Lo importante es comprender que ninguna transformación comienza necesariamente cuando todos están de acuerdo, sino cuando alguien se atreve a cuestionar aquello que los demás han aceptado durante años. A veces, basta con que una persona alce la voz para que otras descubran que tampoco están de acuerdo con lo que sucede. Lo que comienza como una inconformidad individual puede convertirse en una exigencia colectiva capaz de cambiar el rumbo de una sociedad.

Mientras hayan jóvenes dispuestos a defender sus ideales y a luchar por una realidad diferente, hay esperanzas.. El problema es que, muchos, cuando sienten que están solos frente a un sistema entero, cuando sus exigencias son ignoradas y nadie parece dispuesto a acompañarlos, es fácil perder la esperanza. Poco a poco, ese fuego que alguna vez impulsó a una generación comienza a apagarse. Y cuando quienes vienen detrás encuentran las mismas barreras, las mismas críticas y las mismas razones para guardar silencio, se corre el riesgo de transmitir esa resignación de generación en generación.

Por eso, la responsabilidad no puede recaer únicamente sobre los jóvenes. Nosotros debemos dejar de conformarnos con señalar los problemas y empezar a involucrarnos en sus soluciones, pero las instituciones y quienes tienen autoridad también deben aprender a escuchar, aceptar las críticas y reconocer cuándo necesitan cambiar. No podemos exigirles a las nuevas generaciones que construyan un futuro diferente mientras les enseñamos que cuestionar el presente está mal.

Al final, una sociedad que no permite ser cuestionada termina repitiendo sus propios errores. Y una juventud que no se atreve a cuestionarlos corre el riesgo de heredarlos.

Por Ramon Bierd

Ramón Bierd, periodista, locutor, productor de tv

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